El regalo
El subconsciente puede ser muy traicionero.
Esta semana he decidido dedicarla a dos relatos diferentes de lo que suelo hacer, tanto en formato como en tema. Ambos son simples conversaciones de pareja en las que se desatan algunos instintos un tanto primarios. Los dos relatos son realistas, huyendo de cualquier influencia de género.
El primer relato es en realidad una adaptación de un Microteatro que se interpretó en otoño de 2016 en Microteatro Por Dinero, en Madrid. La obra fue dirigida por Silvia Vacas e interpretada por Celia de Molina y Borja Maestre. Admito que ella le dio un pequeño tono oscuro y dramático del que la obra original carecía y que, con total honestidad, generaba muchas más capas. Os adjunto el cartel aquí abajo.
La adaptación de la obra tiene en cuenta ese pequeño giro actoral, al mismo tiempo que lo adapto a un medio aprovechando la oportunidad. Sin más, os dejo con el relato de este lunes.
El escenario de esta historia es un piso sencillo, humilde, sin nada que lo haga destacar de entre los miles de pisos similares que pueblan el barrio obrero en el que se encuentra ubicado. Muebles de Ikea, paredes con gotelé pintado en suaves tonos pastel y una televisión que los padres de cualquiera de ellos les hicieron como regalo de mudanza. Una corriente mesa de madera es el centro de nuestra acción. Sobre ella descansan restos de una cena de un restaurante de comida rápida y varias cervezas vacías marca blanca.
A un lado de la mesa, Él apura una de las cervezas. Tiene treinta y pocos años y casi todo el pelo de su adolescencia. Viste una arreglada y ceñida camisa con dibujos de barcos a vela, la cual no esconde sus incipientes michelines. La luz cenital que lo ilumina se apaga de golpe y por la puerta entra Ella. De edad similar a la de Él, viste un poco desaliñada, moño en alto y ropa de la que usarías para un día de limpieza extensiva. En sus manos lleva una tarta de queso tamaño extra mini y una solitaria vela encendida.
Entra cantando la canción del cumpleaños feliz, quizás la canción más desafinada por todo el mundo a lo largo de la historia de la humanidad. Ella, sin embargo, borda entusiasmada cada una de las notas.
Él se sorprende y se lleva las manos a la cabeza. Como buen cumpleañero, no sabe cómo reaccionar ni qué hacer mientras le cantan el Cumpleaños Feliz; ¿aplaudir?, ¿quedarse quieto?, ¿cantar con Ella? Mientras se decide, la canción termina y Él, finalmente, aplaude; Ella, después de encender la luz del techo, se sienta y le acompaña en el aplauso.
—¡Pide un deseo!
Durante unos instantes Él finge pensar en uno y sopla la espartana vela.
—¿Qué has pedido? —pregunta Ella, más juguetona que realmente interesada en esta tradición —¡Ay, no me lo digas que sino no se cumple!
—No se ha cumplido porque sigues llevando la ropa puesta —la respuesta de Él hace que Ella suelte una risa nerviosa.
—Eso luego, ¡toma!
Ella saca una bolsa de un supermercado que vende productos siempre a precios bajos que podría o no ser Mercadona y se la tiende a Él, que sabe perfectamente que la bolsa forma parte del juego. Desde que se conocen cambian las bolsas y los envoltorios de los regalos para no crear expectativas en la otra persona. Al fin y al cabo, si te dan un regalo envuelto en el papel de regalo de una librería dentro de la bolsa de una tienda de ropa lo último que esperas encontrarte es un videojuego. De la bolsa saca un pequeño paquete envuelto en papel de Hannah Montana, aunque Él está más centrado en el ligero escote de Ella que en lo que pueda contener el regalo.
—Cari, no tendrías que haberlo hecho . Si ya tengo todo lo que necesito —miente Él.
—Sí, hombre. ¡Solo cumples treintaynosecuántos años una vez y hay que celebrarlo como se merece!
Él abre el regalo lentamente bajo la mirada eufórica de Ella, que siempre ha sido terriblemente impaciente a la hora de hacer regalos, hasta el punto de darlos antes de tiempo porque era incapaz de esperar al día señalado.
Cuando termina de retirar todo el papel, Él se detiene en seco mientras Ella aplaude emocionada. Él la mira molesto, sintiéndose dolorosamente traicionado.
—¿¡Pero por qué me has regalado esto?! ¡Por última vez, que no quiero cambiar de móvil!
El regalo es un teléfono último modelo —no diré la marca porque ninguna me paga para publicitarse en esta historia, pero basta con decir que su apellido es Pro Max Plus Ultra Infinitum, o algo igual de rimbombante—. Pantalla AMOLED 2K de 6,9 pulgadas, 144 Hz y actualización de pantalla variable; triple cámara trasera con gran angular, zoom 120x y 108 megapíxeles, incluyendo grabación a 4K a 120 fotogramas por segundo en formato RAW; procesador tope de gama, 12 Gb de RAM y capacidad de 2 TB; un smartphone que haría rabiar de envidia al mismísimo Steve Jobs si estuviera vivo y necesitara un móvil para avisar de que lo saquen del ataúd.
—Ya va siendo hora de que cambies un poco ese ladrillo que llevas, que es el mismo que usaba Al Pacino en Scarface.
Él, dolido por ese comentario claramente guardado durante mucho tiempo, le muestra su teléfono último modelo del año 2000, pantalla monocroma de 4,8 pulgadas, cero cámaras, procesador suficiente para encender, llamar y enviar sms, sin memoria interna y capaz de aguantar casi una semana sin tener que cargarlo. En efecto, es ese mismo teléfono móvil en el que estás pensando ahora mismo, cuya compañía tampoco ha puesto un solo céntimo para la financiación de este relato y por tanto no voy a mencionar.
—Pero, ¿qué dices? ¡Ya no se hacen móviles así! Yo esto no lo quiero. Devuélvelo.
Arroja la caja sobre mesa, aunque con mucho cuidado.
—Gordi, no seas así.
—Que no y es que no, joder —replica Él, intransigente—. ¿Tú sabes lo que me dura a mí la batería de este móvil?
—¡Pues claro que te dura! Porque solo se gasta cuando te llaman. Estamos en 2026, ¡Si es que ya nadie llama por teléfono nada más que para intentar estafara a abuelas desprevenidas!
—¿Y para qué más quiero un T-E-L-É-F-O-N-O móvil? Si además puedo jugar a la serpiente mientras estoy cagando. Eso es todo lo que quiero.
Ella se levanta y se sienta en el regazo de Él, cogiendo la caja y dándosela con el máximo cariño que es capaz de darle.
—Venga, mi amor, que te he puesto Whatsapp y te he abierto una cuenta en X —anteriormente Twitter—, Bluesky, TikTok, Threads e Instagram. ¡Hasta te he hecho un Substack para que te puedas suscribir a Historias para leer en el baño de la oficina!
Ahora sí que se siente ultrajado. Traicionado. Vendido.
—¿Que has hecho QUÉ?
—Jolín, que estoy harta de estar todo el día mandando sms. Que me dejo todo el sueldo en mensajitos... Y encima no puedo ponerte stickers, ni emojis graciosos.
—¿Cómo qué no? ¿Y el emoticono de dos puntos cierra paréntesis? ¿Y el de punto y coma cierra paréntesis? ¿Y el de equisdé? —intenta imitar los emoticonos, pero queda en un esfuerzo un tanto pueril que se gana una sonrisa condescendiente por parte de Ella— ¡Fomentan más la imaginación!
—Cariño, no seas así. Con esto puedes hacer muchas cosas. Ese que tienes es una antigualla.
—Pues a mí me gusta.
—Lo que pasa es que eres un snob —comenta Ella de manera cariñosa—. Quieres ir en contra del cambio. Pero el cambio es bueno, mi amor, hay que evolucionar.
—Ya, evolucionar —el tono de ironía de sus palabras rompería cualquier medidor de sarcasmo.
Ella saca el teléfono de la caja y se lo da a Él, encendiéndolo y enseñándole las virtudes de la tecnología punta.
—Sí, cariño. Mira, puedes hacer un montón de cosas nuevas, capturar Pokémon, subir tus chorradas para que la gente diga que le gusta, aunque no te conozcan, grabar TikToks imbéciles, mandarnos mensajitos... —lo mira de manera lasciva— Hacernos fotos picantonas. Incluso hay un mundo nuevo de porno vertical que cambiará tu PERSPECTIVA del tema.
—¿Porno vertical? —parece que la barrera comienza a derrumbarse, Ella puede ver la armadura caer lentamente— No lo sé. Estoy contento con lo que tengo. No necesito más. Siempre he sido…
—Que sí, que siempre has sido más pobre que el Chavo del Ocho y que te criaste jugando al fútbol con una calavera de perro. ¡Pero ya no es así! Ahora podemos permitírnoslo... gracias a una usurera financiación al 11.91% TAE gracias a la Tarjeta de compra de un conocido centro comercial que ni siquiera se ha dignado a contestar mis correos de solicitud de promoción.
—Ya... —contesta Él escéptico— Si a mí me gustan todos estos cachivaches, pero... también me conformo con menos. Con una partida a la serpiente mientras «pongo un burofax» tengo más que suficiente.
—No, cari. No te resignes. Eres lo mejor de este mundo y te mereces todo lo que quieras tener. Y si luchas por ello lo tendrás —sella el piropo con un largo y tendido beso en los labios, aunque Él está demasiado absorto en la pantalla del nuevo teléfono como para devolvérselo. Un fascinante mundo de color y alta definición.
—Sí, claro, si tú lo dices...
—Pero bueno, ¿cómo que si yo lo digo? —contesta Ella risueña— Sabes que al final todo llega.
—Vaya, vivimos en el país de los unicornios que vomitan arcoíris y yo sin saberlo.
—Tú mejor que nadie eres testigo de que es verdad.
—Cariño, el mundo no funciona así. No todos pueden conseguir lo que se proponen.
—Pero tú sí lo has conseguido. Tienes el trabajo que siempre habías soñado...
—Soy becario, me pagan en tickets restaurante.
—...una casa en la que vivir...
—Pagada y mantenida por tus padres.
—...y a la mujer de tus sueños.
—En su peor momento.
Sus palabras caen como una bomba en el momento y lugar exactos, congelando de golpe los rostros de ambos y deteniendo los relojes a varios kilómetros a la redonda.
Ella, incrédula ante lo que cree haber escuchado, se separa de Él, que se ha quedado petrificado al percatarse de lo que ha dicho. Es exactamente esa reacción de Él la que le hace entender que, efectivamente, no solo ha dicho lo que creía haber escuchado, sino que también lo ha hecho con pleno conocimiento de causa.
—¿En su peor momento? ¿Qué quieres decir?
—No, cariño, no me malinterpretes, no era eso lo que quería decir.
—Vale, pues explícamelo tú.
Él trata de encontrar las palabras adecuadas, las que no le hagan daño a Ella, pero que no sean mentira. O al menos que no lo parezcan. El proceso es bastante más largo de lo que cualquiera de los dos desearía. El silencio es mortal.
—Nada, mujer. Déjame el móvil a ver —es todo cuanto se le ocurre a Él decir.
Ella se levanta de su regazo, llevándose el móvil con ella.
—No, no. Explícamelo ya mismo. No tires la piedra y escondas la mano.
Él resopla nervioso. Le tiembla la voz y la garganta se le ha secado como un pantano murciano en verano.
—Que no es nada. Si sabes que siempre he estado colado por ti. Desde el instituto.
—Ya. Y ahora estamos juntos.
—A eso me refiero. AHORA.
Ella, incapaz de creer lo que Él parece sugerir, niega con la cabeza.
—Creo que no me gusta lo que estás queriendo decir —se atreve a decir Ella.
—A ver, es que estuve quince años jodido porque estaba colado por ti. Quince. Años.
—Quince años de celibato, claro —sentencia Ella irónica.
—No es eso —Él está nervioso y cada vez más; nunca ha sabido expresarse con la cabeza caliente y mucho menos con Ella, siempre tan ágil mentalmente—, pero sí sabes que siempre he sido el pringao de la pandilla —quizás, piensa, sea buena salida autodestruirse.
—No te he visto nunca pasar hambre. Sexualmente hablando tampoco.
—Una cosa es pasar hambre y otra es tener lo que quería.
—Pues que yo recuerde nos presentaste como unas cuatro o cinco que iban «en serio, creo que estoy enamorándome». Y rollos ya ni te cuento.
—Bueno y tú ¿qué? —pregunta Él, ofendido— Que has tenido más visitantes que el Museo del Prado un festivo.
—Ahí te has pasado, guapo.
—¿Que me he pasado yo?
—Pues sí, no sé a qué viene que me digas eso ahora.
—Que me encantaba verte con todos esos tíos, que los pasearas delante de mis morros sabiendo lo que sentía por ti.
—¡Pero si no tenía ni puta idea de que te gustaba!
—¡Venga, coño! —y aquí llega la gota que colma el vaso de su paciencia— Si podía verlo hasta Paco, el sordo ciego ese que vende los cupones en la puerta de la Estación de Autobuses. Que cuando te dejaba tirada el capullo de turno siempre iba yo detrás.
—Porque pensaba que eras un buen amigo, que entendías lo que sufría.
—Lo que quería era dejar de sufrir yo —habla con tanto resentimiento que las encías se le están pudriendo desde dentro—. Y tú qué hacías, ¿eh? ¡Darme cancha, que te encantaba tenerme detrás!
—¿Pero tú estás tonto o es que has mezclado hoy la medicación?
—Claro, si yo estoy tonto; pero siempre era a mí al que llamabas cuando los gilipollas te trataban como una mierda. Siempre era yo con el que llorabas abrazada como dos tortolitos. Y yo, como un perrito faldero, detrás de ti, teniendo la estúpida esperanza de que el siguiente gilipollas pudiera ser yo.
—¿Y qué tiene eso que ver ahora? —Ella trata de rebajar la tensión, aunque por momentos es incapaz de controlar la rabia que le inunda— ¡Si ya estamos juntos! Eso pasó hace mucho tiempo.
—Ese es el puto problema, joder.
—Porque ahora no soy lo que esperabas, ¿no?
—No —la pregunta le pilla con la guardia baja, pero su respuesta es dolorosamente sincera—. No es eso. Es que...
—Me querías cuando no estaba gorda. ¿No? Cuando no era una puta acomplejada depresiva. Es eso, ¿verdad?
Él no contesta; está furioso y se siente impotente por haber desatado esta discusión estúpida.
—Puedes responder —dice Ella, más dolida y decepcionada que enfadada, como tu madre cuando le llevabas las notas en Navidad—. Aunque ya sé la respuesta.
—Pues —ya está todo el pescado vendido y la lonja está limpiando las cintas— Pues sí. No quiero una versión obsoleta de ti —su tono va subiendo por momentos, pero no es agresivo; solo es la frustración de años de decepciones y fracasos abandonando su cuerpo en el peor momento posible; de puro complejo—. Por una vez quería disfrutar de algo novedoso, saber lo que es tener lo mejor en las manos, dejar de ser el pringado y ser envidiado. ¡¡Estoy hasta los cojones de antiguallas de segunda mano!!
Lanza el teléfono móvil y lo estrella contra el suelo.
Por suerte es la antigualla del primer mandato de José María Aznar, así que, para sorpresa de nadie, solo se le cae la tapadera y la batería. No sufre ningún otro desperfecto, lo que no se puede decir lo mismo de la tarima.
Ella ni siquiera parpadea, estoica. Su orgullo es incluso más fuerte que el móvil de Él.
—Bien sabe Dios o lo que sea —continúa Él, tratando de salvar lo poco que queda de su flota—, que te amo más que a mi vida. Pero no puedo soportar el pensamiento de que estoy disfrutando algo que otros disfrutaron antes, más y mejor que yo.
Ella contiene las lágrimas como buenamente puede; no quiere darle la satisfacción de verla llorar. De todos modos Él es incapaz de mantenerle la mirada.
Finalmente, Ella se arma de una serena dignidad para sentarse al otro lado de la mesa. Deja el teléfono y la caja, se corta un trozo de tarta y comienza a comérselo.
—Lo siento, mi vida —se disculpa Él, de manera sincera—. De verdad que sí. Es que...
Ella le da un par de segundos de cortesía, esperando que diga algo que pueda aliviar el dolor de las mil espinas que ha clavado en su corazón... pero tras otra de esos silencios por el que han caído todos los imperios de la Historia, Él es incapaz de decir absolutamente nada, así que vuelve a comer, no sabría decir si decepcionada o aliviada.
Es Ella quien, momentos después, rompe el silencio.
—Ya te has quitado el peso de encima, ¿no?
—Joder, lo siento. Tú te has currado todo esto y yo...
Suspira, derrotado.
Se levanta y coge el regalo, lo guarda en la caja y comienza a envolverlo como buenamente puede con el papel de Hannah Montana.
—Empecemos de nuevo, ¿vale?
Ella se queda petrificada, confundida, esperando la próxima tontería de aquella persona que apenas es capaz de reconocer.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Comenzar desde el principio.
Él le da el regalo y Ella lo coge, tan desorientada como un pijo madrugando para ir a trabajar.
—Hola, ¿qué tal? Me llamo--
—No, no —Él, nervioso, le corta—. Empezar mi cumpleaños... Reiniciarlo.
Coloca la vela sobre la tarta y trata de encenderla con el mechero, aunque éste se resiste a encenderse y la paciencia de Él va decayendo rápidamente como uno de los satélites de Ilon Mot en perfecta trayectoria hacia una destrucción asegurada contra el suelo.
—Por favor… —la mirada desolada de Él se cruza con la rabiosa llama de Ella.
Finalmente consigue encender la vela, que titubea al borde de apagarse. Ella comienza a cantar de nuevo, pero sin entonar ni siquiera fingir ánimo alguno, incapaz de sostener el torrente de emociones que la embargan.
—Cumpleaños fe--
No termina la estrofa porque siente que las lágrimas piden paso, pero antes de que puedan salir se las limpia, se pone en pie y se marcha. No quiere dar un portazo —esta vez no—, ni siquiera quiere gritar; solo quiere irse de la habitación arrastrando con ella toda la dignidad de una leona herida, pero viva. Y así lo hace.
Él se queda solo. Quiere ir a por Ella, pero sabe que no debe. Se deja caer en la mesa, abatido. Abre el paquete y mira el móvil, el verdadero causante de todo; o eso opina Él, completamente ajeno al hecho que tras sobrevivir a una explosión nuclear siempre viene la lluvia radioactiva. Enciende el teléfono, tratando de buscar una razón para su odio, algo que al menos pueda servirle como excusa para justificar su actitud y el daño causado. Navega por los menús de manera errática, como un anciano con demencia en un puticlub: todo le es inquietantemente familiar, pero no sabe con exactitud qué hacer con lo que tiene entre las manos.
Es entonces cuando ve algo que le hunde aún más en su propia miseria: de entre las distintas aplicaciones que Ella le había instalado destaca el juego de la serpiente.
Se lleva las manos a la cabeza mientras miles de pensamientos que tardarán mucho tiempo en abandonarle se ponen cómodos en su nuevo hogar.
La vela vacila una vez más y finalmente se apaga.



